Alguno pensará que... ¡vaya locura! Pues la verdad es que ha sido una de mis mejores experiencias de este año. No iba yo solito al cargo de todos, claro. El club en el que estoy entrenando, el C.R. Cisneros, organizó un viaje a Durango para toda la escuela y allá que nos fuimos a jugar.
Pocas veces he ido al País Vasco con tanto tiempo como esta vez. No me sobró tiempo ya que lo tuve todo ocupado, pero pude disfrutar de sus paisajes, un poco de su gastronomía y además, por supuesto, jugar al rugby.
Por la mañana nos tocaba jugar. El torneo en sí fué un poco desvirtuado para la categoría infantil, con la que participé, ya que en Euskadi no tienen las mismas edades que en Madrid (ni del resto de España) y nos resultó muy fácil ganar.
No nos podemos quejar en absoluto de la hospitalidad del Durango R.T., que nos dió de comer a jugadores (con más hambre que un lobo tras jugar...) entrenadores y monitores.
Estuvimos comiendo en una sociedad al lado del río de la foto por el centro de Durango con lo que pudimos admirar los edificios y construcciones típicas de Euskadi con un sol que se agradecía. Gracias de nuevo al club local por su trato.
Al día siguiente tocaba paseo por los alrededores para que los chicos no estuviesen demasiado revueltos en el bus, y para que también disfrutaran de un buen día de campo que en Madrid tan difícil resulta lograr. En menos de una hora desde el albergue pudimos contemplar Durango desde lo alto de una de las montañas que rodean al pueblo. No me pidáis el nombre que entre mi memoria y los nombrecitos que tienen los vascos para sus cosas...
Volveré a Euskadi con un poco más de tiempo y ver la comarca que promete tener muy buenos paisajes, y sobre todo probar las delicias que no pude catar, ya que si vas a jugar y con la escuela no es plan de irse de chiquitos y de pintxos.